Sus pasos por la acera suenan a guitarras mestizas, talones a contratiempo.
Faldas con volantes de colores que giran y deforman el pavimento. Colores de raíces que se han mezclado con su caer desenfadado y reivindicativo.
Acento con letras caídas y pasiones levantadas. Envolvente en su sonoridad flamenca.
Caderas que rechazan la homogeneidad de la cal de las paredes. A mí me sabe a besos deslizándose por unos muslos de arena.
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Déjame acunarte en mis brazos.
Déjame mecer tus sueños en mi duermevela.
Déjame acariciar tu cuello que tienta mis labios.
Déjame cuidarte pese al empalago.
Porque siento la necesidad de ceñirte a mi cuerpo, y sentir toda tu piel contra la mía. El vaso de besos derramado por tu vientre, que me recuerda la necesidad de volver siempre al sur de tu cuerpo, de nuestro mundo. Tú que me sugieres tantas ideas del Sur de mis recuerdos, de una Andalucía de casas blancas y bugambillas . La arena y sal seca en la piel, cristalizando los besos de playa que se vierten en tus hombros. El aire de los atardeceres de verano, que huele a mar y a frescura templada.
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Tantos años creando un personaje de mí mismo, dejando de lado ese lado más inseguro y timorato para crear un dulce "cabrón". Eso que ha sido mi fachada que luego escondería algo más sentimental, vuela por los aires. Y mientras la veo caer y despedazarse, me pregunto si ha merecido la pena llevar la armadura, o si ha merecido la pena el romperla.
Ahora completamente vulnerable, con los sentimientos en carne viva, la miro a los ojos, al otro lado de la almohada. Pienso si debo decir todo lo que pienso, aun cuando todo va versando sobre mis inseguridades, poniéndome, así, como el no-héroe de mis cuentos, que encajaba para la chica etérea, de luna becqueriana. ¿Le gustaré igual? Aun no sé por qué carajo le gusto. No es que no crea que no tenga nada que ofrecer ni que sea poco, sólo que es diferente, que no sé dónde le encaja. ¿Nos puede gustar alguien porque sí?
Sea como sea, mi piel la busca cuando no está, en el metro, en la oficina... y finge sentirla, haciendo restallar una amarga sensación de ausencia. Esto mismo me pone nervioso, me siento como un adolescente que no sabe muy bien qué hacer. Me sabe a poco el tiempo que estoy con ella, y cuando no estoy deseo más, como si quisiera abrazar toda la eternidad para que me acompañe. Es ridículo, y lo sé, pero da igual.
Me invade los celos de quién pudiera haberla besado, abrazado o querido en otros tiempos. Como Muñoz Molina en el Jinete polaco. En una comparación injusta con aquellos que lo pudiesen haber hecho mejor. Me consuelo cuando busco entre los pliegues de las sábanas y encuentro sus manos que aprietan las mías, e intento convencerme de que si está aquí, será por algo. No sive de mucho, como intentar atrapar el viento. Acabo resignándome y dejando al viento surcar mis recuerdos.
Como siempre me ha dicho mi Sancho, y Don Quijote a la vez, cuando le preguntaba "¿qué será de nosotros?", lo que nosotros queramos. Que así sea, que me dure, y que siga bailando sobre la cuerda floja mi yo más íntimo, más frágil, y a la vez más esencial.
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Al final se han acabado ese estado extraño en el que se juntaban los últimos minutos de tus besos y los primeros de tu ausencia. Ya sólo quedan de los segundos, que no son segundos si no horas comprimidas en un minuto. Y yo que nunca he sabido llorar bien, he venido en el autobús y en el metro con los ojos humedecidos a ratos, cuando he olido sin querer mi camiseta que olía al sudor de tu último abrazo, cuando he pasado por tu parada de Metro, vacía ya para siempre de ti.
He ido recordando momentos indefinidos en tu habitación, en la que ayer dormíamos como si nada pudiera pasar, ajenos al fin de nuestros días juntos, aun pensando que nuestra piel seguiría pegada, porque es nuestra, ni tuya ni mía; y en eso, se me cayeron un par de “te quiero”s.
Esos momentos de cuentos a oscuras compartiendo una almohada para uno, momentos de sudor entrelazado entre nuestros pechos y a viajes al sur de nuestras almas, momentos de noche congelada tras los cristales que no hacía los reyes de la noche santiaguina.
Y ya no estás, no estás para siempre. Aunque no es así del todo, estás aun en mi almohada, en mis sábanas, en mis dedos que aun te tocan, en mi nariz que aun te huele, mi piel que aun te saborea, mis oídos que aun te oyen reír y mis ojos que te ven llorar por mí.
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Y sin querer, y poco a poco, has sembrado la semilla de tu recuerdo.
Ahora te empiezo a echar de menos aunque aun estés aquí.
Ahora me quema el saber que te vas y que nada sucederá para que deje de suceder.
Ahora me enfado conmigo mismo echándome en cara que no tiene nada de especial, que es otra flor del jardín.
Ahora me enfado contigo cuando me dices que esta noche no quieres quedar, porque me aflora la necesidad de tu piel y de tus besos, y no los tengo.
Ahora me odio un poco por no querer jugar al juego del cínico irreverente, porque no me sale, porque quiero dedicarte tiempo; y pienso que eso te va a cansar, ya no te confundiré.
¿Amor, relaciones? ¡Qué es eso!
No, que muera porque no puedo matarlo. Que empieza a arder entre mis manos lo que veo que me va a estallar en la cara dejándome en la calle de rodillas echando de menos sus sábanas.
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Si fue al empezar a hablarte de lo que leía en tus ojos no lo sé; quizá fue entonces, o quizá fue cuando jugábamos a hacernos dibujos en el lado anterior de la muñeca en aquel bar, que me di cuenta de que no había en mis gestos una necesidad de cariño más allá de los besos que impactaban en mis labios. No tenía nada que ver con la inconsciente pasión del beso del primer día cruzado con versos de Neruda. Eran ahora mis versos sin rima que iban deshaciendo tus sentidos en un revoltijo de preguntas que pretendían deslavazar la membrana que protege a tu alma del mundo.
No sé por qué lo hacía. Yo que siempre he evitado las repeticiones de besos. No es enamoramiento, porque no te echo de menos cuando no estás conmigo, y pocas veces pienso en ti. Es quizá dulce seguridad de que tus piernas me esperan.
Es el saber que cuando empezamos a besarnos vamos a acabar deshaciendo tus sábanas o manchando las mías, que voy a poder recorrer la suavidad de tu piel en los cambios de relieve de tu pecho a tus muslos y que te va a gustar y vas a sonreír fingiendo que es algo de niños. No, no es amor, no es nada de eso que otras veces me lanzaba el corazón a la garganta. Son tus besos que recorren mi cuello, que me hacen sentir protegido y deseado. Son gemidos, sudores o mordiscos, que pierden el sentido de necesidad inmediata, para ser parte de un cuento sin palabras, sólo con gestos.
O quizá sea que aceptas que no me gusten los títulos, que no quiero que seas mi nada, ni yo ser tu nada. Que sólo quiero el cobijo de tus brazos, y quiero que nadie hable de la casa de la que salgo cuando me levanto en tu cama.
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Y los roces se trenzaron y se hicieron dedos cruzados, y brazos que no saben como cogerse para que haya más piel en contacto. Y las caras se acercan cada vez más y se alejan de nuevo, como un pudor falso que tensa la situación para disfrutarla un poco más. Hasta que no se puede más y se cede a los labios que llaman. Y no se sabe quién besa y quién es besado, aunque probablemente poco importe.
Con ello se parten las barreras en dos, y las caricias fluyen locas por su jersey y le pongo las palmas de las manos en sus omoplatos y la aprieto contra mí, para besarla con más fuerza. Y me dice, ya no sé si en su lengua o en la mía, que me la iba a comer, todos los españoles somos iguales; le digo que sí, probablemente quería que le contestara algo como "¿y tú cómo lo sabes?", pero perro viejo como para entrar al trapo. Le miro y le sonrío. Y me pregunta de qué me río, y soy yo el que pienso, todas iguales. No deja de ser cómplice su mirada, y caminamos de la mano como si nos uniera algo más que unos días perdidos en una ciudad que ambos nos es igual de ajena.
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¿Sabes? Me gusta cuando me rozas la mano sin querer. Se me eriza la piel y me da la sensación de que no ha sido fortuito, y que tu sonrisa de disculpa es más cómplice que de arrepentimiento. Me pone nervioso el mirarte mucho tiempo a los ojos y saber que esperas que te diga algo interesante y sólo me salga el meterme contigo con alguna tontería como si tuviera 5 años y estuviera en el parvulario tirándote de las coletas. Quizá las cosas no cambian, o quizá es que nunca estiré las coletas de ninguna niña entonces.
No es enamoramiento, porque no me quitas el sueño, pero es la sensación dulce de mirarte y desearte a la vez. Algo más carnal que el romanticismo becqueriano, el de tu pecho contra el mío y el de los besos esparcidos por el cuello. Es el seguir tu falda con mi mirada, y pensar que sabes que te miro y te gusta que te mire.
Te escribo en mis manos para que no lo puedas leer. Es ridículo, es infantil, pero me he quedado atrapado en mis propias trampas de romanticismo-para-comprar muslos; y ahora no siento el temblor del pecho, y me invade una pedantería estúpida en la que creo que tengo que demostrarte todo lo que sé para que pienses lo bueno que sería estar conmigo. Se me olvida demasiado a menudo que te tengo que decir lo que me gusta escucharte y lo guapa que me pareces. Tan sencillo, tan simple.
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Bueno, sólo para dejar constancia. Días sin horas se queda cerrado a falta de una musa. Resucito http://sintitulos.blogspot.com
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Cuando la última gota se suicida desde la hoja de menta, explota en el suelo el reflejo de la luz blanca y transparente del sol.
Y el suelo se llena de cristales que recomponen las colores y dejan estelas que no se habían podido imaginar nunca, es tan sencillo que nadie puede pensarlo sin verlo.
Clavada en una roca, esta ella mirando las gotas y las hojas. Es divertido y relajante ver como se pierde tu propia mirada entre las transparencias, colores y demás abstracciones.
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