Días sin horas

sábado, diciembre 05, 2009
 
Me lees pero no me escribes, no me das señales de que estás ahí, al otro lado de esta pantalla. ¿Encontrarás algo de especial en mis palabras o será sólo curiosidad?. Sí, sé que me lees, sé que algo te dice lo que escribo. Por lo que sé de ti, quizá sea que tenemos algo en común, en la forma de ver las cosas, en la sensibilidad con la que tocamos el mundo. Tampoco te conozco tanto, sólo un poco, es una elucubración.

Intento imaginar qué pensarás al leer esto. A veces, inseguro de mí, pienso que sólo lo haces para reírte, o para comentarlo como extravagancia. Pero la mayoría de veces pienso que no, pienso que te gusta, que te atrae, que te susurra. Si no fuera así, no volverías tan a menudo.

A ratos pienso que eres la mujer de mi vida, pero la mayoría me intento convencer de que sólo eres otra falda idealizada, a la que yo he puesto en su boca las palabras que quería oír. Es lo de siempre, pero es esa tensión de no saber por qué sigues mis pasos es lo que me hace tenerte en mente más de lo que quisiera.

Será una tontería pero te dejo una canción, como quien deja un post-it en el parabrisas de un coche, sabiendo que, pasado un rato, la otra persona lo leerá, y puede que se alegre, pero seguro que se sorprende.

Fantastic Place - Marillion

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lunes, noviembre 30, 2009
 
La noche tiene esa pasión repentina de una cara linda, esa pasión que restalla como un relámpago. Pero no fue este el caso. El día tiene otro tipo de pasión, más lenta, más natural, como los árboles y sus hojas, como el pan que se cuece en el horno.

Sus manos de trigo, jugaban con los cubiertos de una mesa demasiado grande para dos, demasiado pequeña para más. Mientras yo la miraba de soslayo, esperando que se diera cuenta de que la miraba, y yo, me diera cuenta de ello. Nunca me di cuenta.
Luego caminamos. Era una tarde plomiza de otoño que no amenaza con mojar las aceras, pero soplaba frío urbano en nuestras mejillas. Los edificios privados de la luz del sol, bailaban en silencio al ritmo del siseo del viento. Ella hablaba de vez en cuando, a veces callaba y hundía su cabeza en la bufanda.
Tan estúpido como preguntarse qué le pasaba por la cabeza cuando callaba, era el preguntárselo. Busque sus manos, las de trigo, pero las encontré huidizas.
Seguimos caminando y la tarde se torno negra a las 6, que es cuando muere el sol en otoño. No sé cuánto llevábamos caminando por esa ciudad ajena a los dos, cuando noté que empezaba a caminar más cerca de mí, su hombro rozaba mi brazo. Me rebelé, me sentía tonto, y pensé que sólo me lo imaginaba yo, y en el mejor de los casos jugaba conmigo. Aminoré el pasó y dejé que me sacara un par de pasos. Seguíamos caminando, yo tarareaba Perfect Day de Lou Reed mientras pisaba todas las hojas secas que podía.
Ella se paro en seco, no miro atrás. Yo no dejé de caminar. Ella abrió los brazos y se dejó caer. Sonreía. La besé en la mejilla. Olía a pan recién hecho.

La verdad es que nunca paso. Solo jugué con la masa de la harina. Ahora es como si mi nariz adivinara el olor a pan que nunca fue hecho.

Perfect Day

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martes, noviembre 10, 2009
 
Algunos niños supimos arrastrar los cuentos hasta la adolescencia y los enterramos en un lugar que inventamos. En esa tierra crecieron castillos, masías antiguas, y a veces sólo la hierba tibia para tumbarse y mirar las nubes.
Probablemente los ex-niños de los castillos buscaban dragones con el nombre del chico popular de la clase, a los que matarían, para rescatar a la princesa, con el nombre de la chica popular de clase. Tardarían en entender que lo mejor que podía pasar es que los dragones y las princesas se fueran juntos, y que ellos se dedicaran a buscar princesas que habían hecho sus castillos esperando a príncipes con nombre del chico popular de clase,...

Cuando aparecieron las casas antiguas en medio de la montaña, nos imaginábamos como intelectuales incomprendidos, que lejos de todo el ruido de la banalidad generalizada nos dedicábamos a la reflexión, a la lectura, a la filosofía. Las chicas dejaban de ser princesas, y se convertían en la idea intangible de un rayo de luna que se cuela entre las ramas de un bosque y, por un segundo, te da la sensación de estar viéndola a ella, que es Ella. A base de desengaños hemos rechazado la posibilidad de que esa persona exista, por lo menos cerca de nosotros, y nos subimos a los árboles a buscarla. Los sentidos se agudizan, y la casa ya no es solo una casa, es el olor a tierra mojada, a lluvia; es el tacto de una mesa de madera; es el sonido de una hoja seca que cruje bajo nuestras pisadas.

Acabas abandonando los edificios y te quedas tirado en la hierba, acariciando la cabeza que tienes sobre el pecho y que huele a tomillo. Evitas preguntas, evitas confesiones. Sólo saboreas la sensación presente. Esa sensación que no sabes de dónde viene exáctamente, pero da igual. Serán las nubes en el cielo, serán sus pechos contra tu estómago. Empiezas a entender la figura femenina como algo tan tangible como la arena de la playa, dependerá de cómo quieras tocarla para sentir algo o nada. Se concreta en unos labios, en un cuello, en unas piernas,... Pierde la magia de lo etéreo e informe, que recuerda más a un ángel que a una mujer.

Aunque fui deambulando por estos sitios me inventé mi rincón lejos de tan lícitas utopías. Me alojaba en un ático, sin paredes, sólo ventanales. Por el que se veía un París decimonónico cubierto por un cielo plomizamente europeo. Ahí me llevé a mi amores aunque no lo supieran. Se quedaban dormidas sobre una cama deshecha con sábanas blancas que reflejaban el gris del cielo. Jugaba con ellas, con sus miradas, con sus sonrisas, con las complicidades. Escuchaba música, solía sonar Elliott Smith o Jeff Buckley o The Elected, o alguna guitarra que derramara un poco de melancolía para darle a la habitación un tono de novela o de película.

Ahora, a punto de claudicar y cerrar mi ático, me he creído que la vida empieza cuando se pone el sol, porque antes sólo hay trabajo, rutina y tedio. Y es cuando se pone el sol y las familias se duermen que me bajo a un bar oscuro y sordido en el que las mujeres fuman y los hombres llevan sombrero. Todos visten como en los años 30, y al final del bar hay un pianista borracho que se pasa todas las noches tocando canciones de Coltrane a un ritmo frenético. Los vapores del alcohol son suficientes como para marear a cualquiera que entre. Los personajes que frecuentan el lugar, con un toque entre Humphrey Bogart en Casablanca y Mickey Rourke en Sin City, me son tan ajenos como inaccesibles, quizá porque sienta que no tengo nada que ver con ellos, quizá porque me gustaría ser como ellos.
Entre faldas se me acercan unas piernas que traen a una mujer más sensual que intersante. Y abdico en mi búsqueda de un rayo de luna, de el olor a hierba, de la princesa. Sólo huele a sudor, las sábanas se pegan, y nunca apetece quedarse a desayunar.

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domingo, octubre 25, 2009
 
En las calles resuena el rumor de que todo está perdido, de que se ha perdido el alma, de que acuchillaron las almas. Como irse tranquilo cuando no dejamos de ver los ojos que no dejan de llorar. Iremos cerca o lejos, donde los satélites no alcancen, donde los números de las finanzas pierdan el sentido.
Dijeron que el corazón está herido, que ya no queda compasión.
Negaron que en la cuna de los pobres ya no hay llantos, que se secaron los paños para frentes sucias.

Yo vengo a ofrecer una canción.

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domingo, octubre 04, 2009
 
El cuarto estaba casi en penumbra, con la única luz de las farolas de la calle y el pequeño indicador de encendido del reproductor de música. Giraba el disco dentro de las tripas del aparato, blandiendo en el aire las notas de Chopin que algún interprete, desconocido para mí, interpretaba.

Miraba el ordenador como quien espera un milagro, como quien espera junto al buzón cada mañana la llegada de una carta. Pero la tecnología mató el misticismo de la espera, y dada la instantaneidad, ya, de todas las comunicaciones. El correo electrónico te dice no ya si te ha llegado una carta, si no si te la han enviado. Y la espera no tiene descanso, se desborda e inunda todo el día.

Me puse a escribir un email, uno de desesperación, de desesperanza, de espera reseca. Uno de esos que sabes que no tienes que escribir y del que te arrepentirás nada más aprietes el botón.
Sabía que sonaba empalagoso, desesperado, precipitado, redundante y pesado. Pero cuando se pierde la esperanza, no queda demasiado a lo que agarrarse, y el suicidio emocional no parece una mala salida.
Quizá lo que más lamente fueron las últimas líneas
"te echo demasiado de menos,
Juan
PD: Espero que no te moleste este email"

Rezumaba servilismo y patetismo, pero me hice fuerte y en mi inseguridad encontré el consuelo del "no tengo nada que perder". Una mentira tan grande como calmante.

Lo envié y esperé, casi tres horas, y al rozar las agujas del reloj las cinco de la mañana, decidí morir en mi cama. Intentaba convencerme de que ya sabía que no contestaría, pero tenía claro que en todo momento había tenido esperanza. Que aun la tenía, que me levantaría al día siguiente, y que lo primero que haría sería comprobar el correo, que probablemente soñaría con que me contesta.
Tardaría unos días en asumir que Verónica jamás contestaría, porque no le interesaba contestar, porque no tenía nada que ganar.
Tardaría meses en matar la esperanza, creerse que no devolvería las llamadas, que no contestaría ese email aunque hubiese vomitado mi alma en él. Porque los sentimientos eran míos, incluso los que pensaba que ella podía tener, también eran míos. Era todo mío, menos el desdén y el email perdido en un buzón de correo tan ajeno a mí como la ciudad más lejana. Un email que quizá murió en una papelera sin llegar a ser leído del todo, porque su destinataria se amargó con tanta desdicha.

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domingo, agosto 02, 2009
 
Solía despertarme el arrullo de las sábanas que se quejan bajo los cuerpos durmientes. Dejé de creer en ellos cuando me di cuenta que sólo los pintaba yo. La que amanecía al otro lado de la cama el daba igual. No buscaban más que el regalo de la piel, aunque decían que amaban el detallismo y el romanticismo. Pero sólo era un romanticismo de plástico, de película barata, de barbie, de muñecos, de cena con velas, de notitas de colores, de rosas y de regalos.

Mataron el romanticismo sutil, el de los olores de canela bajo el cuello, el del susurro a media noche. No sabían borrar la realidad y pintar con témperas las paredes. Por eso perdí la fe en la literatura y en la capacidad de las personas de ir más allá de lo obvio, de desbrozar el día a día.

Un tiro en la sien fue suficiente para no soñar, para no crear mientras se recuerda, para olvidarse del dulce licor del desengaño femenino.

De eso va el romanticismo, como el de Lara, de matarse ante la miserable realidad. Por eso me suicide, colgando de mi tumba el cartel de "buscando a la musa".

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viernes, julio 24, 2009
 
¿Dónde está la mano que,
buscando piel ajena,
se deslizaba por la sábana,
aunque sólo fuera en sueños?

¿Dónde habrán quedado los desnudos,
que desanudaban brazos?

Desterrados de la imaginación por pueriles,
y nunca tan reales,
han quedado recluídos en la película barata.

Confieso que he dejado de creer
en los ojos como piscinas,
en los brazos como barcos,
en los pies entrelazados.

Será
que de tanto hilvanar fantasmas,
me quedé sin hilo.
Y ahora en medio de la noche de verano,
en vez de evadirme con la falda de turno,
me quedo mirando al vacío de la oscuridad,
pensando,
¿en qué he fallado?
¿por qué la salvación bajo una falda?
¿no soy tan bueno para la mujer perfecta?
Siempre, ella, la causa de mi culpabilidad,
algo que nunca me perdono.

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lunes, julio 20, 2009
 
En el parque había una de esas estructuras metálicas en las que los niños juegan, se cuelgan, trepan y algunas veces se caen. Nosotros llevábamos un rato jugando a las canicas tirados por la tierra. Era una tarde de principios de primavera, probablemente Sábado, ya no lo recuerdo bien. Imagino que olía a jazmín y la banda sonora es la música de las infancias de las películas, My girl de The Temptations, aunque probablemente en aquella época hubiese reconocido pocas cosas más allá de Bom Bom Chip, Xuxa y un disco de canciones infantiles de Rita Irasema y Miliki.

Estábamos tan absortos en nuestro juego que no nos dimos cuenta que el cielo se encapotaba, y lo que empezó con un chispeo impercetible pasó a tormenta. No sé por qué en vez de volver a casa decidimos recoger cartones, ramas y demás para cubrir la estructura metálica. Supongo que los tres pensábamos que sería una aventura, era nuestro castillo. Estábamos en nuestro refugio hablando sobre cualquier cosa cuando me di cuenta de que ya era de noche. Pensé en mis padres, la poca responsabilidad que tenía a los 8 años me permitió un segundo de lucidez en el que pense, voy a buscar ayuda.

En la puerta de casa de Néstor estaban los padres de los tres. No recuerdo muy bien su cara pero debió ser un poema (seis poemas en este caso). Yo estaba completamente chopado y les comuniqué la situación de mi equipo. Estábamos en el parque que había detrás de las casas, protegiéndonos de las inclemencias del tiempo. Creo que no se cabrearon demasiado porque ya nos daban por perdidos, secuestrados o abducidos, estaban a punto de llamar a la policia. Aquella noche mi madre me metió en la ducha con agua caliente y me dió una cena bien caliente, creo que sopa. Fue una buena tarde.

Ahora, más de quince años después estoy parado en medio de ese parque, que es mucho más pequeño de lo que lo recordaba. Además las casas que hay alrededor tienen unas vallas también más pequeñas de lo que recordaba, me costaba bastante treparlas para colarme dentro de mi propia casa. Ahora con un poco de esfuerzo me colaría en cualquiera. No es que lo vaya hacer, claro.

Me agacho hasta que puedo tocar el suelo con las manos, y acaricio la tierra mezclada con gravilla y hojas secas. Pienso que el tacto es un sentido marginado, recluído a lo sexual. Me miro las manos y las tengo sucias. ¿Cuánto hace que no tengo las manos sucias? Me entran ganas de expolsarme la mano y limpiármela, pero me contengo.

Sigo paseando, y voy pasando por las casas de los niños que eran mis amigos, y que ahora como adultos ni siquiera sé donde paran. Sento, Néstor, Mariola, Ana, Jordi, Carlos, María,... En la puerta de casa de Isa, hay una chica que va a entrar, debe tener mi edad, aunque la veo casi de espaldas, probablemente sea Isa. Podría pegar una ligera carrera y saludar, pero me da vergüenza, además no creo que tenga ningún sentido, seguramente ni se acuerda de mí. La última vez que me vio sería en el 93. No, no tiene sentido.

En frente está lo que era mi colegio, por una parte no ha cambiado, mismos edificios, mismos colores. Por otro lado me parece irreconocible, hay nuevos columpios, no están las ruedas con las que jugábamos. Además está desierto, es Julio.
Continuo mi paseo, la casa de Borja y Mario, cuántas horas había pasado allí. Borja era un año más mayor que yo, le admiraba y siempre quería ir con él, Mario tendría un par de años menos que yo, lo recuerdo como un buen chico, al que apreciaba mucho y sobre el que tenía cierto sentimiento de hermano mayor. Recuerdo una vez que los niños cubrieron un agujero con un cartón y llevaron a Mario por ahí. Por aquel entonces Mario llevaba unos hierros en las piernas para caminar bien. Mario se cayó, lloraba. Se me revuelven las tripas cada vez que lo pienso, y se me asoman lágrimas de pena. Yo lo sabía, y no se lo dije. Quiero recordar que sí que quería decírselo, pero la verdad es que no me acuerdo.
A Mario y a Borja los vi alguna otra vez, la última hará unos 7 u 8 años, vinieron a mi casa, nuestros padres se habían encontrado y querían rememorar viejos tiempos. No los volví a ver, mi culpa, debería haber llamado, pero me daba la sensación de que estaría fuera de lugar. Aquel día no reconocía a los niños que había sido mis amigos. Eran buena y gente e interesante, pero no eran mis recuerdos.

Voy a acabar mi paseo me dirijo hacia mi casa, mi antigua casa, en cualquier caso. ¿Qué habría sido de mis vecinas? De Mireia y de Paula, ahora tendrían 27 años. ¿Se acordaría esa mujer que ahora sería Paula del niño con el que jugaba a pasar la pelota por encima de la valla? En mi casa, hay un hombre de unos cuarenta años lijando la puerta de la calle, me mira de reojo y sigue, de la puerta sale una niña de unos 8 años para ver cómo su padre lija la puerta. No me paro, me da vergüenza. Pienso que debería pararme y explicarle al señor que esa era la casa de mi infancia, que mi habitación era probablemente la de su hija, que sabía que tenían un sótano, cuando otras casas no tenían, sabía cuando había sido plantada esa araucaria que ahora mediría diez metros y que antes no llegaba a los tres, que sabía que su casa, mi casa, era la única de la urbanización que tenía la ventana de la cocina en el lado contrario ( se equivocaron los obreros).
Pero pienso que le asustaré, o que le dará igual, o que le molestaré, o que se enfadará. Es más fácil seguir, volver a donde he dejado el coche, subirme y volver al presente.
No huele a jazmín. No sé a que huele, probablemente a nada. Pero suena The Tracks of My Tears de Smokey Robinson & The Miracles.

Discografía:
http://www.youtube.com/watch?v=rBQ2xc6jjJs
http://www.youtube.com/watch?v=rNS6D4hSQdA

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domingo, junio 21, 2009
 
Cuando tienes 8, 9, 10, 11, 12... supongo que hasta 13, la frontera es un poco borrosa. Hasta entonces, las cosas más motivantes solían tener que ver con una lagartija gigante, una araña siendo despedazada, transportada y posteriormente degustada por un elenco infinito de hormigas; las discusiones se movían dentro del ámbito de quién ganaría si Batman o Superman, de que si vas en un coche a 200 km/h te quedas o no pegado al asiento. O buen día, o quizá no y es algo que se va gestando de forma imperceptible, las chicas lo inundaron todo. Las discusiones ya no eran interesantes si no hablabas de quién te gustaba o quién te parecía guapa, lo guardábamos como secreto y esperábamos a tener un momento individual con cada uno de nuestros amigos para poder contárselo.
Ya no eran divertidos los bichos, ni jugar a la pelota, ni ir a buscar un arroyo al que lanzar piedras; entonces queríamos buscar a las chicas, ir a los centros comerciales a cruzar miradas y sonrisas que nos acobardában a nosotros mucho más que a ellas. Lo veranos se convirtieron en una locura febril de bikinis, de piel desnuda, de chicas que sabían demasiado bien que las mirábamos. Ellas habían crecido más que nosotros en algún momento, y sabían más de esto. De por qué se ponían faldas cortas, de porque se ponían escote, de por qué se arreglaban tanto para salir a la calle. Ya no valía jugar y ensuciarse por la calle, ya no querían jugar a pillar.

Nosotros sabíamos que las queríamos pero no sabíamos muy bien para qué. Si acaso para esos besos que veíamos en las películas, como James Bond. Pero nada más allá, nada cercano a esas escenas que tanto reparo nos generában, en la que la cámara se perdía entre las sábanas y sin venir a cuento aparecía una botella de champán explotando en blanca espuma, e inmediatamente era de día y estában los dos protagonistas desnudos. Qué asco, pensábamos. Pero un beso, era algo diferente, ese gravedad que parecía que llevara a dos labios a colisionar inexorablemente. Sería con eso de los labios y los besos que empezamos a entender las canciones románticas, y nos hicimos víctimas del pop, y nos creímos los labios de fresa de Danza Invisible, el corazón de tiza de Radiofutura. Y empezamos a sentirnos miserables a la vez que profundamente llenos de esos sentimientos que nos hacían sentir únicos y centrales en nuestra propia vida.
Empezamos a leer poesía y Bécquer dibujaba la cara de nuestras chicas en la pared de nuestra habitación antes de irnos a dormir. A ellas les gustaba escuchar unos versos, a nosotros nos perturbaba lo que pudieran significar, la intensidad de sus consecuencias. Si bien es verdad que nos permitían acercarnos a ellas, a susurrarles antes de engañarles (o, más bien, de pensar que las engañábamos cuando en realidad, y desde la perspectiva de los años, lo sabían perfectamente) para darles un beso casi en los labios, en la comisura, como quien da un beso en una mejilla, sin lengua, sin manos, con los ojos temblando y con el corazón en la garganta.

Una caricia o un abrazo, sin ni siquiera un beso, sirvió para enamorarnos por primera vez, para estar pendiente del teléfono de casa, de su mirada en clase. Hasta que pasados unos días descubrimos que sus labios chocaban con los labios de otro, y probamos, así, el amargo sabor del despecho.

Pensábamos que con el tiempo las chicas y las relaciones se harían más sofisticadas, más intensas, menos crueles. Pero no es es así, al final, siguen siendo todas una copia de la primera, menos pura, menos inocente, mezclada. Hasta que ya no te desagrada tanto el sabor amargo, hasta tomas café. No tiemblas al pedir un beso, ni se te anuda el estómago cuando te lo dan. Ahora los besos son solo medios, para otras cosas, ya sea solo sexo, o una cena, o tardes de domingo en compañía, o un piso compartido, o dos hijos y un perro. Los besos de labios nuevos son más parecidos a la adrenalina de tirarte en paracaídas que a la intensidad de quien entiende que está firmando el probable despecho que acabará llegando más pronto o más tarde.

No es que sea un descreído del amor. Pero me siento estúpido pensando, como sigo pensando, que es una mujer la que me va a salvar, no sé muy bien de qué, pero me salvará; que será un punto de inflexión en mi vida, que mejorará mis días; que será lo que me haga sonreír todos los días. Como casi todas las cosas tiene más magia cuando no lo tienes, que cuando lo consigues.

Sin embargo, me siguen invadiendo extrañas sensaciones cuando escucho, la versión de UB40 de la empalagosa canción de Peter Frampton, Baby I love your way; y veo la cara de mi primer amor, que me tuvo en vela durante dos años, a la que jamás le di un beso ni similar, la que muy probablemente sabía que estaba colgadísimo por ella, A.S.
No puedo si no recordarlo con ternura, pero me sigo preguntando si no serán todas las relaciones que han venido y vendrán, copias de aquel idílio.

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jueves, mayo 28, 2009
 
Cuerdas que estiran, cuerdas que tensan, que se enredan. ¿Cuándo las palabras dejan de adquirir el sentido ordinario y se tiñen del suave color del deseo?
¿Querrá decir? No, probablemente, no. Pero seguimos tensando la cuerda, estirándola, a ver hasta dónde llega. No va de amaneceres, ni atardeceres. No es la necesidad de compartir un sofá de lectura en la tarde de Domingo. Es algo más sigiloso que se va construyendo dentro de cada uno y que transforma en espera cada momento. ¿Me dirá algo?
Burbujas de esperanza, tontas y juguetonas.

Mañana post serio. He leído el último, es una basura, pero bueno, ando experimentando.

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