Restallaba el sonido de sus tacones por las calles que anudaban el centro de la ciudad. El sol, que prometía ya la primavera, acentuaba el olor a heliotropo que se derramaba de su cuello. En sus caderas mis recuerdos y los que quiero creer que aun le quedan a ella.
No bajé, me quedé desde el balcón mirando como pasaba. Quise creer que me intuía y que el no mirarme fue por coquetería, por querer hendir un poco más su olvido.
A esa distancia ya no dolía casi, no más de lo que dolían las fotos en las que acababa reincidiendo, y que hice cuando pensaba que el tiempo había perdido su significado, que era una leyenda, sólo quedaba la inmesa vastidad de su piel.
Casi sin querer me di cuenta de que había sido uno más de los que lloraban su falda, que tantos otros hubo y tantos otros habrá, y que era esa huidiza belleza la que dejaba el peor sabor de boca, el de la oportunidad perdida. Oportunidad de tener una vida diferente, de encontrar la salvación entre unas piernas, de la falsa felicidad con la que barnizan los libros y las películas que nos enseñan a esperar demasiado de los demás.
Se perdió entre las calles y yo no hice nada más que apuntar cuatro palabras en un cuaderno, prometerme por enesima vez que no volvería a pasar por la puerta de su casa buscando un encuentro fortuito, y poner a girar el CD que me recordaba que yo no era más que otro muchacho de las aceitunas.
La Tarara - Camarón de la Isla
http://www.youtube.com/watch?v=RMqJeKkcNV0
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El cielo metálico llegaba más allá del final del horizonte. La carretera se abrazaba a la tierra como huyendo de las gotas de agua que la atravesaban sin herir. Llovía suavemente.
Llegó un cartel que yo llevaba un rato esperando, una ciudad tan lejana como imposible se cruzaba en el camino, y me invitó a pensar en ella.
Imaginé una plaza que se llama como un barrio, y un café que no se llama tertulia. Imaginé caderas ondeando por las escaleras que subían a un segundo piso que probablemente no existía. Yo la seguía, y me fijaba en como las piernas que nacían de sus botas se entrelazaban en un ramo de curvas que sugerían sus pantalones.
Hubo café, hubo miradas complices, hubo manos que se buscaban y pies que se encontraban.
Pero no dio tiempo a más, la carretera salió de su estado tangencial a la ciudad y los pensamientos se quedaron en la cuneta.
http://www.youtube.com/watch?v=AhYRIbGVNl0&feature=related
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Algo más queda en mi mente, pero cuesta tanto desterrarlo. De nuevo encaramado a las paredes de tu torre de marfil, buscando como engañarte para que me dejes creerme que estoy un poco más cerca de tu ventana.
Idaho - Josh Ritter
http://open.spotify.com/track/2hCv2TvOtvlcHQ2EzDiB4B
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Me lees pero no me escribes, no me das señales de que estás ahí, al otro lado de esta pantalla. ¿Encontrarás algo de especial en mis palabras o será sólo curiosidad?. Sí, sé que me lees, sé que algo te dice lo que escribo. Por lo que sé de ti, quizá sea que tenemos algo en común, en la forma de ver las cosas, en la sensibilidad con la que tocamos el mundo. Tampoco te conozco tanto, sólo un poco, es una elucubración.
Intento imaginar qué pensarás al leer esto. A veces, inseguro de mí, pienso que sólo lo haces para reírte, o para comentarlo como extravagancia. Pero la mayoría de veces pienso que no, pienso que te gusta, que te atrae, que te susurra. Si no fuera así, no volverías tan a menudo.
A ratos pienso que eres la mujer de mi vida, pero la mayoría me intento convencer de que sólo eres otra falda idealizada, a la que yo he puesto en su boca las palabras que quería oír. Es lo de siempre, pero es esa tensión de no saber por qué sigues mis pasos es lo que me hace tenerte en mente más de lo que quisiera.
Será una tontería pero te dejo una canción, como quien deja un post-it en el parabrisas de un coche, sabiendo que, pasado un rato, la otra persona lo leerá, y puede que se alegre, pero seguro que se sorprende.
Fantastic Place - Marillion
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La noche tiene esa pasión repentina de una cara linda, esa pasión que restalla como un relámpago. Pero no fue este el caso. El día tiene otro tipo de pasión, más lenta, más natural, como los árboles y sus hojas, como el pan que se cuece en el horno.
Sus manos de trigo, jugaban con los cubiertos de una mesa demasiado grande para dos, demasiado pequeña para más. Mientras yo la miraba de soslayo, esperando que se diera cuenta de que la miraba, y yo, me diera cuenta de ello. Nunca me di cuenta.
Luego caminamos. Era una tarde plomiza de otoño que no amenaza con mojar las aceras, pero soplaba frío urbano en nuestras mejillas. Los edificios privados de la luz del sol, bailaban en silencio al ritmo del siseo del viento. Ella hablaba de vez en cuando, a veces callaba y hundía su cabeza en la bufanda.
Tan estúpido como preguntarse qué le pasaba por la cabeza cuando callaba, era el preguntárselo. Busque sus manos, las de trigo, pero las encontré huidizas.
Seguimos caminando y la tarde se torno negra a las 6, que es cuando muere el sol en otoño. No sé cuánto llevábamos caminando por esa ciudad ajena a los dos, cuando noté que empezaba a caminar más cerca de mí, su hombro rozaba mi brazo. Me rebelé, me sentía tonto, y pensé que sólo me lo imaginaba yo, y en el mejor de los casos jugaba conmigo. Aminoré el pasó y dejé que me sacara un par de pasos. Seguíamos caminando, yo tarareaba Perfect Day de Lou Reed mientras pisaba todas las hojas secas que podía.
Ella se paro en seco, no miro atrás. Yo no dejé de caminar. Ella abrió los brazos y se dejó caer. Sonreía. La besé en la mejilla. Olía a pan recién hecho.
La verdad es que nunca paso. Solo jugué con la masa de la harina. Ahora es como si mi nariz adivinara el olor a pan que nunca fue hecho.
Perfect Day
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Algunos niños supimos arrastrar los cuentos hasta la adolescencia y los enterramos en un lugar que inventamos. En esa tierra crecieron castillos, masías antiguas, y a veces sólo la hierba tibia para tumbarse y mirar las nubes.
Probablemente los ex-niños de los castillos buscaban dragones con el nombre del chico popular de la clase, a los que matarían, para rescatar a la princesa, con el nombre de la chica popular de clase. Tardarían en entender que lo mejor que podía pasar es que los dragones y las princesas se fueran juntos, y que ellos se dedicaran a buscar princesas que habían hecho sus castillos esperando a príncipes con nombre del chico popular de clase,...
Cuando aparecieron las casas antiguas en medio de la montaña, nos imaginábamos como intelectuales incomprendidos, que lejos de todo el ruido de la banalidad generalizada nos dedicábamos a la reflexión, a la lectura, a la filosofía. Las chicas dejaban de ser princesas, y se convertían en la idea intangible de un rayo de luna que se cuela entre las ramas de un bosque y, por un segundo, te da la sensación de estar viéndola a ella, que es Ella. A base de desengaños hemos rechazado la posibilidad de que esa persona exista, por lo menos cerca de nosotros, y nos subimos a los árboles a buscarla. Los sentidos se agudizan, y la casa ya no es solo una casa, es el olor a tierra mojada, a lluvia; es el tacto de una mesa de madera; es el sonido de una hoja seca que cruje bajo nuestras pisadas.
Acabas abandonando los edificios y te quedas tirado en la hierba, acariciando la cabeza que tienes sobre el pecho y que huele a tomillo. Evitas preguntas, evitas confesiones. Sólo saboreas la sensación presente. Esa sensación que no sabes de dónde viene exáctamente, pero da igual. Serán las nubes en el cielo, serán sus pechos contra tu estómago. Empiezas a entender la figura femenina como algo tan tangible como la arena de la playa, dependerá de cómo quieras tocarla para sentir algo o nada. Se concreta en unos labios, en un cuello, en unas piernas,... Pierde la magia de lo etéreo e informe, que recuerda más a un ángel que a una mujer.
Aunque fui deambulando por estos sitios me inventé mi rincón lejos de tan lícitas utopías. Me alojaba en un ático, sin paredes, sólo ventanales. Por el que se veía un París decimonónico cubierto por un cielo plomizamente europeo. Ahí me llevé a mi amores aunque no lo supieran. Se quedaban dormidas sobre una cama deshecha con sábanas blancas que reflejaban el gris del cielo. Jugaba con ellas, con sus miradas, con sus sonrisas, con las complicidades. Escuchaba música, solía sonar Elliott Smith o Jeff Buckley o The Elected, o alguna guitarra que derramara un poco de melancolía para darle a la habitación un tono de novela o de película.
Ahora, a punto de claudicar y cerrar mi ático, me he creído que la vida empieza cuando se pone el sol, porque antes sólo hay trabajo, rutina y tedio. Y es cuando se pone el sol y las familias se duermen que me bajo a un bar oscuro y sordido en el que las mujeres fuman y los hombres llevan sombrero. Todos visten como en los años 30, y al final del bar hay un pianista borracho que se pasa todas las noches tocando canciones de Coltrane a un ritmo frenético. Los vapores del alcohol son suficientes como para marear a cualquiera que entre. Los personajes que frecuentan el lugar, con un toque entre Humphrey Bogart en Casablanca y Mickey Rourke en Sin City, me son tan ajenos como inaccesibles, quizá porque sienta que no tengo nada que ver con ellos, quizá porque me gustaría ser como ellos.
Entre faldas se me acercan unas piernas que traen a una mujer más sensual que intersante. Y abdico en mi búsqueda de un rayo de luna, de el olor a hierba, de la princesa. Sólo huele a sudor, las sábanas se pegan, y nunca apetece quedarse a desayunar.
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En las calles resuena el rumor de que todo está perdido, de que se ha perdido el alma, de que acuchillaron las almas. Como irse tranquilo cuando no dejamos de ver los ojos que no dejan de llorar. Iremos cerca o lejos, donde los satélites no alcancen, donde los números de las finanzas pierdan el sentido.
Dijeron que el corazón está herido, que ya no queda compasión.
Negaron que en la cuna de los pobres ya no hay llantos, que se secaron los paños para frentes sucias.
Yo vengo a ofrecer una canción.
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El cuarto estaba casi en penumbra, con la única luz de las farolas de la calle y el pequeño indicador de encendido del reproductor de música. Giraba el disco dentro de las tripas del aparato, blandiendo en el aire las notas de Chopin que algún interprete, desconocido para mí, interpretaba.
Miraba el ordenador como quien espera un milagro, como quien espera junto al buzón cada mañana la llegada de una carta. Pero la tecnología mató el misticismo de la espera, y dada la instantaneidad, ya, de todas las comunicaciones. El correo electrónico te dice no ya si te ha llegado una carta, si no si te la han enviado. Y la espera no tiene descanso, se desborda e inunda todo el día.
Me puse a escribir un email, uno de desesperación, de desesperanza, de espera reseca. Uno de esos que sabes que no tienes que escribir y del que te arrepentirás nada más aprietes el botón.
Sabía que sonaba empalagoso, desesperado, precipitado, redundante y pesado. Pero cuando se pierde la esperanza, no queda demasiado a lo que agarrarse, y el suicidio emocional no parece una mala salida.
Quizá lo que más lamente fueron las últimas líneas
"te echo demasiado de menos,
Juan
PD: Espero que no te moleste este email"
Rezumaba servilismo y patetismo, pero me hice fuerte y en mi inseguridad encontré el consuelo del "no tengo nada que perder". Una mentira tan grande como calmante.
Lo envié y esperé, casi tres horas, y al rozar las agujas del reloj las cinco de la mañana, decidí morir en mi cama. Intentaba convencerme de que ya sabía que no contestaría, pero tenía claro que en todo momento había tenido esperanza. Que aun la tenía, que me levantaría al día siguiente, y que lo primero que haría sería comprobar el correo, que probablemente soñaría con que me contesta.
Tardaría unos días en asumir que Verónica jamás contestaría, porque no le interesaba contestar, porque no tenía nada que ganar.
Tardaría meses en matar la esperanza, creerse que no devolvería las llamadas, que no contestaría ese email aunque hubiese vomitado mi alma en él. Porque los sentimientos eran míos, incluso los que pensaba que ella podía tener, también eran míos. Era todo mío, menos el desdén y el email perdido en un buzón de correo tan ajeno a mí como la ciudad más lejana. Un email que quizá murió en una papelera sin llegar a ser leído del todo, porque su destinataria se amargó con tanta desdicha.
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Solía despertarme el arrullo de las sábanas que se quejan bajo los cuerpos durmientes. Dejé de creer en ellos cuando me di cuenta que sólo los pintaba yo. La que amanecía al otro lado de la cama el daba igual. No buscaban más que el regalo de la piel, aunque decían que amaban el detallismo y el romanticismo. Pero sólo era un romanticismo de plástico, de película barata, de barbie, de muñecos, de cena con velas, de notitas de colores, de rosas y de regalos.
Mataron el romanticismo sutil, el de los olores de canela bajo el cuello, el del susurro a media noche. No sabían borrar la realidad y pintar con témperas las paredes. Por eso perdí la fe en la literatura y en la capacidad de las personas de ir más allá de lo obvio, de desbrozar el día a día.
Un tiro en la sien fue suficiente para no soñar, para no crear mientras se recuerda, para olvidarse del dulce licor del desengaño femenino.
De eso va el romanticismo, como el de Lara, de matarse ante la miserable realidad. Por eso me suicide, colgando de mi tumba el cartel de "buscando a la musa".
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¿Dónde está la mano que,
buscando piel ajena,
se deslizaba por la sábana,
aunque sólo fuera en sueños?
¿Dónde habrán quedado los desnudos,
que desanudaban brazos?
Desterrados de la imaginación por pueriles,
y nunca tan reales,
han quedado recluídos en la película barata.
Confieso que he dejado de creer
en los ojos como piscinas,
en los brazos como barcos,
en los pies entrelazados.
Será
que de tanto hilvanar fantasmas,
me quedé sin hilo.
Y ahora en medio de la noche de verano,
en vez de evadirme con la falda de turno,
me quedo mirando al vacío de la oscuridad,
pensando,
¿en qué he fallado?
¿por qué la salvación bajo una falda?
¿no soy tan bueno para la mujer perfecta?
Siempre, ella, la causa de mi culpabilidad,
algo que nunca me perdono.
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